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La entrada en vigor del mercado único europeo ha supuesto un enorme paso adelante en el proceso de construcción europea, comportando enormes ventajas tanto para el ciudadano como para las empresas. Sin embargo, los efectos derivados de la existencia de un mercado de más de trescientos cincuenta millones de consumidores se han dejado sentir de forma diferente en las regiones de la Unión según su grado de desarrollo.

Las regiones fronterizas suelen ser de las zonas más deprimidas de la Unión Europea. Generalmente alejadas de los centros de decisión política, con deficientes comunicaciones y barreras jurídicas y culturales coartando su desarrollo, las regiones fronterizas han vivido tradicionalmente de espaldas a la realidad del otro país, más pendientes de reclamar la atención de su capital nacional que de mirar por encima de los puestos fronterizos y procurar una colaboración fructífera con sus más inmediatos vecinos.

Al producirse la integración, las fronteras interiores van perdiendo poco a poco su razón de ser y es mucho más fácil superar las citadas consecuencias negativas de esa situación anterior, impulsando políticas conjuntas de desarrollo desde las propias instituciones de la Unión, desde los Estados miembros y desde las propias administraciones regionales y locales implicadas. Desde este punto de vista, la cooperación transfronteriza deja de ser exclusivamente una política particular de los poderes públicos radicados en territorios limítrofes, erigiéndose en uno de los ejes básicos de la propia construcción europea.

Pero para que podamos hablar de una verdadera Unión Política Europea no bastará con que hayamos borrado de los mapas políticos esas viejas líneas, herederas del tiempo o cicatrices de la historia, sino que será necesario también eliminar de las mentalidades de la gentes, del territorio físico y de las estadísticas económicas las negativas consecuencias de su existencia durante tantos siglos.

Muchas de estas consecuencias coinciden con las que plantean las regiones objetivo I, dado su carácter estructural. La alta tasa de desempleo, la emigración y el envejecimiento de la población, la débil estructura económica y su propia ubicación geográfica en zonas limítrofes "sur y oeste de la Comunidad" dificultan considerablemente el acceso a las ventajas del mercado comunitario. Y mucho más en el caso de las que han ingresado recientemente en la Comunidad, pues sólo en estos pocos años se ha comenzado a alcanzar un nivel aceptable en las dotaciones de infraestructuras básicas, gracias a la solidaridad nacional, a la europea y al esfuerzo interno de estas regiones.

Pero para acometer esta política de acercamiento, sobre todo en territorios con escasa o nula experiencia en las relaciones transfronterizas, es preciso partir de una premisa básica: no se debe olvidar nunca la existencia de la frontera. Hacemos cooperación transfronteriza porque hay fronteras y estas zonas constituyen precisamente nuestro laboratorio social, el espacio físico de nuestra actividad. Las fronteras nacionales representan los límites de un conjunto de sistemas: de comunicaciones, jurídicos, políticos, simbólicos, lingüísticos, económicos, etc. La frontera es la "zona caliente", la zona de fricción de dos realidades nacionales, constituyendo nuestra tarea suavizar ese roce en la medida de lo posible respetando escrupulosamente la historia, la personalidad y la identidad del otro.

 

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